El dulce olor de la pobreza

Publicado el 12/05/2019
olor de la pobreza

Pienso que el olor traduce mucho de lo que somos. Unos huelen a jabón, a champo, a perfume y les decimos que huelen rico. Otros huelen a sudor, a trabajo, a suciedad y preferimos tenerlos a distancia.

Nuestro carisma, en los Misioneros Siervos de los Pobres, es acoger a personas en gran necesidad. Numerosas veces las que se acercan para pedirnos nuestro apoyo es gente sencilla de la Alta Cordillera con muy pocos recursos económicos y una educación mínima de sobrevivencia. No hay lugar en su existencia para el superfluo. Viven en lugares a donde no llega el agua corriente, sin pozo ni manantial y el frio puede ser intenso. En sus chozas de adobe con piso de tierra se cocinan, se calientan con leña y albergan a sus animalitos, como cuyes o gallinitas.

Así que uno puede imaginarse el olor que inunda de vez en cuando los lugares a donde se juntan, en los comedores, salones de los alumnos o alumnas, capillas, etc.

A penas llegados en los Misioneros Siervos de los Pobres, me recuerdo de una Santa Misa en nuestra capilla. Estaba sentada delante de nosotros una mamá, quechua hablante, con sus tradicionales trenzas y sus varias enaguas y chompas de un color indefinible. Pero su primera característica notable era el olor. Olor a fogón, a cuyes, a sudor, a orina, etc. El que lograba quedarse a su lado más de cinco minutos hubiera podido registrarse en el la página oficial de Guinness World Records.

Y antes de que me diera cuenta, me brotó del corazón esa oración: “Señor, haz que ame el olor de los pobres.” Si tenía que quedarme toda mi vida en compañía de estas personas, tenía primero que amarlas. Amarlas tal como son y no como yo quiera que fuesen. Así que, ese día,  me fue regalado este don divino.

Amar el olor de la pobreza. De esa pobreza física, sensible, inmediatamente tocable, pero también el olor a la pobreza espiritual y moral, más escondida, menos notable.

Amar con sencillez, amar con dulzura y cariño. Eso es el amor que Dios nos tiene. Se acerca a nuestras suciedades con ternura porque Él nos ve y nos sabe pobres. Su Misericordia se enamoró de nuestras miserias y nos quiere enseñar el camino de la limpieza moral y espiritual.

Tengamos esos ojos suyos de misericordia hacia los que se nos acercan porque más “huelen feo”, que sea material o espiritualmente, más nos necesitan. Aprendemos de Él a ser misericordiosos.