Nuestra familia misionera en México nos cuenta…..

Publicado el 06/11/2018
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Llegó un día a “la escuelita” una señora con un niño que llamaba la atención: su estatura y su forma de hablar no coincidían con la edad que la mamá nos decía que tenía el chico. Otra particularidad en él era el color de sus labios y de sus dedos: casi morados. Nos enteraríamos luego que era por estar enfermo del corazón no tenía buena oxigenación ni podía hacer mucho ejercicio. Por lo mismo no asistía con regularidad a la escuela y, pese a tener 9 años, no sabía leer ni escribir. Su hablar sonaba a un niño pequeño y no usaba los sonidos normales, por ejemplo, sin usar “r” en sus palabras.

Le ofrecimos ayuda y le pedimos que iniciara clases con nosotros la siguiente semana. No se presentó sino dos meses después: la siguiente semana a nuestra conversación, la mamá fue diagnosticada con leucemia. Cuando se presentó de nuevo, la mamá había estado en tratamiento con quimioterapias, por lo que venía con un paño cubriendo su cabeza pues no tenía pelo. 

Por fin Ab comenzó clases, aunque tuvimos que ir por él y regresarlo pues ahora la mamá no podía acompañarlo. Su interés creció conforme veía avances, aunque la enfermedad (de su mamá o de él) le impedía asistir regularmente.

Luego de algunos meses un día su casa estaba cerrada y nadie nos abrió, no se asomaron a la ventana, como era la costumbre, ni su hermanito menor ni su hermana 2 años mayor que él. 

Tocamos la puerta, hasta que se asomó la vecina, que al parecer sabía quiénes éramos nosotros, y nos dijo que la mamá de Ab había fallecido y que su papá, como tenía que trabajar, se había llevado a los niños con la abuela para que los cuidara y él pudiera laborar.

Hasta hoy, cuando pasamos cerca, vuela nuestra mente en recuerdo a Ab, de su risa traviesa y sus intentos muy serios por pronunciar la “r”… Dios quiera que siga aprendiendo y se logre sanar algún día.