Publicado el 14/08/2018
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En el Movimiento de los Siervos de los Pobres, además de una Rama Masculina (activa y contemplativa) y de una Rama Femenina, tenemos una Rama de Matrimonios Misioneras. Para conocer mejor  su vida es posible ir a este enlace de Internet.
 
En el don que los esposos reciben con el sacramento del matrimonio se difunde en ellos el Espíritu Santo que renueva el corazón del hombre y de la mujer y por medio del cual, como recordaba San Juan Pablo II, a través del amor conyugal la familia 
 
alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz (Exhortación Apostolica “Familiaris Consortio”, n.13),
 
Es por esto que en el Movimiento algunos matrimonios, dejando su patria, su trabajo, sus comodidades y seguridades, han encontrado un ambiente propicio para emprender un camino de santidad, para irradiar el amor de Cristo para todos, especialmente para los más pobres.  Ésta vocación matrimonial misionera expresa también una llamada particular. La idea de la vida de comunidad entre familias misioneras es la de vivir teniendo como modelo las primeras comunidades cristianas, es decir buscando la comunión permanente, la unidad y el amor.  Las familias vienen de distintos países (actualmente hay dos familias peruanas, dos colombianas, dos húngaras, una mejicana que está en misión en su propio país y una francesa) con distintas costumbres, pero unidas por el mismo deseo de santidad. Los apostolados de las distintas familias misioneras son múltiples, empezando por nuestros dos colegios, “Francisco y Jacinta Marto” y “Santa María Goretti”, en que sirven a los niños más pobres, provenientes de familias en dificultad. También, su colaboración es esencial en los distintos talleres profesionales para nuestros chicos mayores. Pero, sin quitar ningún valor a éstos trabajos (muchos de los cuales no podríamos llevarlos adelante sin ellos), lo más importante es sin duda el testimonio que dan de una verdadera “Iglesia domestica”, dedicada a la oración, al servicio generoso y a la educación cristiana de los hijos. En el Perú –como desafortunadamente pasa también en otros países– muchos niños viven como “huérfanos de padres vivos” (Amoris Laetitia, n.51). Nuestros matrimonios misioneros con su ejemplo recuerdan como la tarea educativa de los niños es una grave responsabilidad para los padres.