Publicado el 12/06/2018
DSC_4230 copy

En consideración de los temas tratados en este número de nuestra Newsletter (el viaje del Papa a Ginebra en el marco de aquel diálogo ecuménico tan importante para la Iglesia, sobre todo después del Concilio Vaticano II y de su decreto Unitatis Redintegratio) quiero dar un pequeño testimonio hablando de una experiencia que tuve recién ordenado sacerdote.

Durante una misión el la Alta Cordillera, llegué a una pequeña comunidad con dos Hermanos. Allí solíamos hospedarnos en un salón de la escuela. Por esto fuimos a pedir la llave de la escuela en casa de una señora muy buena (una de sus hijas es actualmente una Aspirante en nuestra comunidad de Hermanas en Cusco). Al no encontrarla, una vecina nos dijo que había ido al templo protestante de la misma comunidad. Empezamos a preguntarnos qué había pasado, ya que en estas comunidades pasa a veces que un católico deje la Iglesia para frecuentar otros grupos religiosos, a menudo por el mal ejemplo de otros católicos. Como se lee en el Documento conclusivo de la V Conferencia General del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), que tuvo lugar en Aparecida (Brasil) en el 2007:

Según nuestra experiencia pastoral, muchas veces la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos “no católicos” creen, sino fundamentalmente por lo que ellos viven; no por razones doctrinales sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales (n. 225)

En realidad, cuando llegamos al templo, la señora nos dijo que la hermana de su esposo se iba a casar, y ella era protestante. Por esto había acudido al templo. Los hermanos cuando nos vieron nos invitaron alegremente a entrar y participar a la fiesta, entre comida, cantos cristianos… fue una experiencia hermosa, que alegró nuestro corazón de misioneros. Pocos meses más tarde, supimos que los mismos hermanos participaron a una boda católica que se celebró en la comunidad, animándola con sus cantos.

Esta hermosa experiencia me hizo pensar en otro punto del Documento de Aparecida (n. 227):

La relación con los hermanos y hermanas bautizados de otras iglesias y comunidades eclesiales es un camino irrenunciable para el discípulo misionero, pues la falta de unidad representa un escándalo, un pecado y un atraso del cumplimiento del deseo de Cristo: “Que todos sean uno, lo mismo que lo somos tú y yo, Padre, y que también ellos vivan unidos a nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17,21).