Hna. María

Mar

ENTREVISTA CON LA HERMANA MARÍA STRZALKOWSKA, MSP

¿Podría usted hacernos un breve recorrido de su historia personal hasta el encuentro con el Movimiento de los Misioneros Siervos de los Pobres del Tercer Mundo?

Nací un día 26 de agosto, dedicado a la Virgen de Czestochowa. Nueve días después de nacida, mis padres me hicieron el regalo más grande, el del santo Bautismo, y me pusieron por nombre María, sometiéndose en esto a la insistencia de mi abuela, aunque tenían pensado otro nombre para mí. Escribiendo esto me doy cuenta de que nací apenas quince años después de la II Guerra Mundial, pero esto no impidió que yo pasara mi niñez entre risas y juegos, siendo yo la menor de tres hermanos y viviendo en una pequeña ciudad al noreste de Polonia. Casi todos los lugareños de la zona, incluyendo a mis padres y a mis hermanos, traían sustento a la casa trabajando en la fábrica local de telas. Yo fui la única que no pisé nunca la fábrica, porque tomé caminos distintos, desde comercio hasta enfermería, que aprendí al descubrir el gusto en el servicio al prójimo. En mi casa paterna, como sucedía en general con todos los polacos, tuve un ejemplo de familia católica practicante, aunque no comprometida en forma particular con la parroquia. A los veinte años fui en peregrinación a Jasna Gora, al santuario de Nuestra Señora de Czestochowa. Fue un peregrinaje a pie, durante catorce días. Ahí viví un tiempo particular en la fe: entrando en una iglesia, vi escrito en el ambón estas palabras: “¡He venido a prender fuego en el mundo y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!”. No comprendía todo su significado, pero sentía que estas palabras eran para mí. Desde entonces trataba en lo posible de ser fiel a la Misa diaria, y también me sentía atraída a la vida religiosa. Cinco años más tarde, dejé mi casa paterna para trasladarme a Suvalki, donde habían abierto un nuevo hospital y necesitaban a enfermeras. Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!

¿Fue entonces cuando conoció al Movimiento y al Padre Giovanni?

Al P. Giovanni lo conocí tres años más tarde, en un lugar lleno de lagos y bosques frecuentado con mis compañeras en los campamentos juveniles. Él venía a esta parte de Polonia (verde y acogedora durante el verano, muy fría y cubierta de nieve en invierno) para buscar a jóvenes dispuestos a dar un tiempo de su vida para el Señor en el servicio a los pobres del Perú. Recuerdo que, en mi servicio de otorrinolaringología, tres personas diferentes en un solo y mismo día me animaban a un encuentro con el sacerdote, médico y misionero del Perú. Decidí ir con otra enfermera vecina mía, pero antes miré el mapamundi para saber bien dónde estaba el Perú. Éramos un buen grupo de jóvenes en el encuentro con el P. Giovanni, que nos hablaba (por medio del traductor, un sacerdote) y despertó en mí un deseo algo dormido, aunque no apagado: un deseo de vida religiosa. Pero todo esto me parecía demasiado grande e inalcanzable por el idioma, por la enorme distancia geográfica y, sobre todo, por tener yo la idea de que la vida misionera estaba reservada a personas muy seleccionadas, muy capaces y preparadas; y yo por nada me consideraba una de ellas. De todos modos guardé aquel deseo en mi corazón y, al día siguiente, compré un libro para estudiar español, y también la “Imitación de Cristo”, obra atribuida hasta hace pocos años a Tomás de Kempis. Recuerdo que, en aquellos años, muchas de mis compañeras o amigas abandonaban Polonia para buscar mejores oportunidades de trabajo en diferentes países del mundo, pero yo siempre persistía en mi idea de que jamás dejaría mi país simplemente para ganar más dinero. Sin embargo, ahora la idea de ir al Perú por el Señor me resultaba posible y día tras día crecía en mí el deseo de realizarla, más todavía por tener a algunas jóvenes de mi entorno que compartían la misma idea.

Así, con la ayuda de Dios, el 23 de enero de 1991 por vez primera abordé un avión para comenzar el viaje de mi vida… que dura hasta hoy. Durante el viaje, desde que salí de Polonia bien decidida y con mucha confianza, el Señor me trató con mucho cariño, pero cierto temor se manifestó en mi organismo con fuertes dolores, iguales a los de una lumbalgia y apendicitis. No dije nada a nadie; sólo tomé algún analgésico y abordé el vuelo de Varsovia a Frankfurt. Allí tuve muy poco tiempo para cambiar de avión, mientras mi pobre conocimiento de español o alemán me impedían comprender bien lo que me decían; finalmente me condujeron a un asiento del avión de Lufthansa que me parecía muy pequeño, pero tenía asientos muy cómodos y amplios: resultó que viajé en el segundo piso del avión, en primera clase… Poco a poco los dolores se calmaron y en Cuzco desaparecieron por completo.

¿La nueva vida en misión comportó alguna dificultad?

Al comienzo pensé que estaba empezando una página completamente nueva de mi vida, pero con el pasar de los años comprendí que era la única que desde siempre estaba escribiendo. El Señor era y es la verdadera atracción de mi vida, aunque por mucho tiempo estuvo oculto bajo tantos valores y bellezas de la vida misionera. Pero el Movimiento, con su regla de vida basada en la “Imitación de Cristo” y la frecuente invocación al Espíritu Santo, marcaba pausadamente el ritmo de este descubrimiento, favorecido por el servicio cotidiano a los más pobres –los predilectos del Señor. Las dificultades con el nuevo idioma duraron más o menos un año, pero no me impidieron un trabajo intenso, pues con los niños del Hogar, que me absorbían casi por completo, lo que contaba eran el lenguaje de “corazón” y los ojos bien abiertos a sus necesidades. Hubo después la dificultad de decidir si continuar o regresar, después de visitar a los míos en Polonia. Necesitaba un empuje emocional, y eran ellos –los niñosque hacían este papel de imán: ¡cuántas veces pensé que en Perú podía suceder un fuerte terremoto y yo estaba lejos y no podía ayudar a los niños que lloraban desconsoladamente!

¿Cuáles fueron los pasos de la comunidad femenina del Movimiento, que hoy cuenta un gran número de Hermanas?

Con el tiempo, el creciente número de las Hermanas hacía que la mirada y los proyectos fueran cada vez más amplios. Comenzaron las misiones, primero en la cárcel de mujeres, luego en diferentes pueblos esparcidos en la alta Cordillera de los Andes, donde encontrábamos urgencias de servicio catequético –espiritual y formativo-, junto con la necesidad de un apoyo nutritivo para los más pequeños. Parecía que el número de necesitados se multiplicaba junto con nuestro deseo de atenderlos, impulsado por la caridad que el Señor gratuitamente depositaba en nuestros corazones.

¿A distancia de tantos años, la ilusión misionera sigue igual?

Mirando hacia atrás a todos los años vividos en la misión, me pregunto qué cambiaría si me tocara empezar de nuevo. Y respondo que ciertamente seguiría caminando igual tras las huellas de Jesús y María, como es muy propio del Movimiento; sólo que esta vez lo haría en pleno abandono en manos de la Providencia, así como con los ojos cerrados.

¿Cuál es el regalo más bonito que le han hecho los pobres?

El Señor es el Maestro perfecto y se sirve de las personas y situaciones para formarnos según Su Corazón. Los pobres de la Cordillera me enseñaron -entre otras muchas cosas- la generosidad, la paciencia y la hospitalidad; y los niños superaron a todos dándome ejemplo de perdón, confianza y alegría. Pero lo más hermoso e inalcanzable han sido y son los ojos de los niños pequeños que transmiten la bondad de Dios. Recuerdo que, hace 20 años, un niño de 3 o 4 años de edad, después de sufrir malestares causados por una enfermedad con alta fiebre, logró dormir solamente un poco, pero su sueño no era tranquilo: lloraba, se agitaba, parecía luchar contra alguien. Traté de despertarlo. El niño, cuando abrió los ojos, me miró y suspiró con alivio y confianza, sonriendo cogió mi mano y durmió ya tranquilo, sin apagar la hermosa sonrisa de su rostro. Me gustan los pequeños detalles y éste me quedó muy gravado. Las primeras niñas mayorcitas del Hogar Santa Teresa de Jesús (que entonces tenían entre 7 y 9 años de edad) nos acompañaban en la santa Misa y en la Adoración Eucarística diaria. Y, cuando aprendieron a leer, rezaban junto con nosotras el breviario o hacían de lectoras en la santa Misa. Fueron ellas que me ayudaron a perseverar. Fueron como el preludio de la futura comunidad de Hermanas. Un gran regalo ha sido también el hecho de que, años más tarde, algunas de ellas escucharon la llamada particular del Señor para la vida religiosa y pidieron ingresar a la comunidad y empezar su formación como Hermanas Misioneras Siervas de los Pobres TM. Actualmente, tres de ellas forman parte de las Hermanas con votos perpetuos, realizando un precioso apostolado con los niños y las jóvenes.

¿Cuál es el momento más bonito de su jornada misionera?

Personalmente tengo gran amor a la Eucaristía y siempre he tratado de transmitirlo a los niños y a las Hermanas, para que todos ellos también esperen con alegría la hora de la santa Misa como el más bonito momento del día. Durante las misiones en los pueblos de la alta Cordillera, es casi imposible tener el “lujo” de la santa Misa diaria. Por eso ofrezco esta gran privación por todos los pobres de los lugares donde el Señor nos envía, para que mi dolor se convierta en su deseo por este gran milagro y regalo de Nuestro Señor que es la Santa Eucaristía.

¿Cuáles son los retos que considera importantes, desde un punto de vista misionero, para la Iglesia y el Movimiento en el futuro?

Pido a Dios y deseo para toda la Iglesia -y en forma particular para nuestro Movimiento-, que no olvidemos nunca que por naturaleza somos misioneros y que el envío del Señor (“Id”) no se vuelva un simple sonido de palabras o un simple hacer proyectos, sino que sea siempre un caminar, actuar, testimoniar de parte de todos los bautizados, y nadie se crea dispensado de ser misionero: lejos o cerca; en la familia, en la escuela o en el trabajo, con los vecinos o hasta los últimos confines de la tierra.

¿Qué les diría a los jóvenes que hoy sienten en su corazón un deseo de servir a los pobres pero se sienten frenados por muchas dudas e inseguridades frente al futuro?

A los jóvenes que sienten en su corazón un deseo de servir a Dios y a los pobres les digo: “No apaguéis el fuego que Jesús prendió en vuestros corazones. Vuestra generosidad tiene que traer fruto de santidad para vosotros y para muchos más que el Señor os confió en el momento de la llamada”. Y, finalmente, les digo: “No os privéis de la verdadera felicidad, siguiendo al Amor verdadero que es Dios mismo”. Os espero a los pies del Sagrario y en los caminos montañosos de la alta Cordillera de los Andes.