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TESTIMONIO

Sé bien de Quién me he fiado ( 2Tm 1,12)

P. Raúl Gonzáles, msp (peruano)

Quiero compartir con vosotros algo acerca de mi vida y, especialmente, acerca de mi vocación. Nací en Lima -sí, soy de la tierra de Santa Rosa y de San Martín de Porres-, aunque mi padre es chalaco (natural del Callao) y mi madre del Cuzco. Después de la ordenación diaconal, acontecida el 12 de diciembre de 2012, me encuentro ejerciendo mi diaconado en la Ciudad de los Muchachos, en Andahuaylillas (Cuzco).

En primer lugar, ¿cómo nació mi vocación al sacerdocio? A esta pregunta puedo responder con las mismas palabras que empleó el Papa Juan Pablo II en su libro “Don y misterio” cuando se refirió a su propia vocación: “...mi vocación sacerdotal la conoce sobre todo Dios...” ; y además, “...toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre...”. Sinceramente, así me siento: superado infinitamente por este hermoso don que el Señor me ha hecho con su llamada; pues, como sabrán, la responsabilidad que tiene sobre todo hoy en día un sacerdote es muy grande; y yo tiemblo como san Pablo (1Cor 2,3) cuando pienso en ello. Sin embargo, las palabras del mismo Apóstol de los gentiles me ayudan a superar mis temores: “... sé bien de Quién me he fiado” (2Tm 1,12).

Ahora bien, ¿cómo conocí el Movimiento de los Misioneros Siervos de los Pobres TM? Lo conocí a través de una buena amiga de mi madre, gracias a la cual ella empezó a asistir a los Retiros espirituales que el P. Giovanni y el Movimiento organizan periódicamente en Lima. Mi madre siempre traía a casa folletos y revistas en donde se publicaban testimonios de jóvenes misioneros y muchas fotos de niños que vivían en condiciones precarias en la Cordillera de los Andes, así como, por supuesto, mensajes del P. Giovanni exhortando a los jóvenes a ser valientes y decididos para seguir a Cristo.

Lo curioso es que hasta ese entonces mi vida transcurría con “normalidad”, hasta tal punto que yo ya estaba por realizar mi sueño: ser periodista deportivo. Sin embargo, no me encontraba tranquilo. Cada vez que leía uno de aquellos testimonios o veía la foto de aquellos niños que vivían en condiciones infrahumanas en las aldeas de la alta Cordillera, o en la periferia de la propia ciudad de Cuzco, mi corazón no dejaba de estremecerse. Sentía la necesidad de hacer algo por ellos; sentía como una voz que me pedía que lo dejara todo (mi familia, mis amigos, mi profesión, mi comodidad, mi ciudad, mis proyectos personales, etc.). En definitiva, sentía la llamada de Cristo en lo más hondo de mi corazón; pero me era muy difícil dejarlo todo. Me costaba dar ese paso decisivo.

En fin, recuerdo que rezaba al Señor diariamente una jaculatoria que me enseñó un amigo sacerdote de Lima: “Háblame, Señor; ¿qué quieres de mí?”. Debo admitir que mis padres me ayudaron mucho en ese período de discernimiento; con ellos rezaba diariamente el santo rosario y la coronilla a la Divina Misericordia. Sin duda, el ejemplo y testimonio cristiano que he recibido de mis padres ha sido decisivo para afianzarme en mi vocación.

Fue así que, impulsado por el Señor, di finalmente el paso decisivo. Escribí al P. Superior de la Comunidad de Cuzco, contándole mis inquietudes y mis deseos de querer servir a Cristo en los pobres. Me aceptó. Así, pues, llegué a Cuzco y comencé allí mi vida misionera. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que aquél fue un tiempo de muchas bendiciones y dones que recibí del Señor.

En el contacto diario con los niños y muchachos iba descubriendo, paulatinamente, el rostro sufriente de Cristo, puesto que muchos de ellos venían ( y vienen) de hogares dañados por el alcohol o por la violencia familiar, o eran simplemente niños o muchachos que habían sido abandonados por sus propios padres. Muchas veces he llorado recordando algún testimonio particular de alguno de nuestros niños, y he dado gracias a Dios por el privilegio que me concede de poder servirle y consolarle en ellos cada día como Siervo de los Pobres. Así, en este continuo servicio hacia los más pequeños, he podido comprender las palabras de Nuestro Señor que dice: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis” ( Mt 25, 40).

Siempre tengo esta intuición, de que Cristo se “valió” de estos queridos muchachos para llamarme a Su servicio, y para decirme que lo deje todo por Él...

Ahora, como decía al principio, me encuentro trabajando en la Ciudad de los Muchachos, con la ilusión y el deseo de servir a Cristo en los niños, en los más pobres, ilusión y deseo que, gracias a Dios, se mantienen intactos, tal como al inicio de mi primera experiencia misionera.

Pido al Señor el don de permanecer fiel en todo lo que he aprendido y valorado en todos estos años de Seminario: la oración, el amor a la Eucaristía, la vida comunitaria. Y a vosotros, que estáis leyendo estas líneas, os pido que me sostengáis con vuestras oraciones para que permanezca fiel a la vocación a la que me ha llamado Cristo y me convierta únicamente en un instrumento de su Amor como Siervo en medio de los más pobres y necesitados. Santa María, Madre de los Pobres, ruega por nosotros.